
A veces lo siento como un desconocido, como si no conociera lo que me hace sentir, como si 3+6 fueran 10, como si la ciudad no se estuviera cayendo a pedazos.
Todo, absolutamente todo turbio cuando estoy sobria. Llamáme, buscáme, sacáme de este mar salado e incoherente que me quiere arrastrar.
Besá este caracol que tengo entre las piernas, conjeturas pobres de una mente brillante, con los ojos brillantes a punto de llorar. Me descajeta el movimiento insulso de esos pelos rubios que se mueven al compás de un tango tan ebrio como yo. Papá, mamá, la redención está en la cuna, desde antes de nacer, desde antes del semáforo escandinavo y drogadicto que me hiere y me tuerce como se tuerce la lana de la oveja descarriada. La morocha del barrio, la que camina pisando huevos, duros, podridos, feos.
¿Qué soy? Un pedazo de carne con ánima, viendo bajar a los demás, con mi sensación en el estómago, confuso. El doblaje, la picazón en la pera, no aguanto. La mochila tan pesada, vos te quedás adentro. Vos, ahí, refugiado en mi inconsciente, en mi piel, en mi garganta que eructa cerveza, mezclada con dolor y con jeans fantásticos. Cronopio, cronopio, lleváme ahí, a la ventana pacifista, a la cama transparente.
Y mi prosa perdida en el vientre, y desechada en un inodoro cualquiera. Así como eliminé la vida de mi trascendencia infeliz.
Belu.